miércoles, 8 de septiembre de 2010

Homenaje

Mediterráneo

Amarrar un barco bajo la lluvia, en la atmósfera gris de un puerto mediterráneo, suscita a veces una melancolía singular. Es lo que ocurre hoy. No hay sol que reverbere en las paredes blancas de los edificios, y el agua que quedó atrás, en la bocana, no es azul cobalto a mediodía, ni al atardecer tiene ese color de vino tinto por cuyo contraluz se deslizaban, en otro tiempo, naves negras con ojos pintados en la proa. El mar es verde ceniciento; el cielo, bajo y sucio. Las nubes oscuras dejan caer una lluvia mansa que gotea por la jarcia y las velas aferradas, y empapa la teca de la cubierta. Ni siquiera hay viento.

Aseguras los cabos y bajas al pantalán, caminando despacio entre los barcos inmóviles. Mojándote. En días como hoy, la lluvia contamina de una vaga tristeza, imprecisa. Hace pensar en finales de travesía, en naves prisioneras de sus cabos, bolardos y norays. En hombres que dan la espalda al mar, al final del camino, obligados a envejecer tierra adentro, recordando. Esta humedad brumosa, impropia del lugar y la estación, aflige como un presentimiento, o una certeza. Y mientras te vas del muelle no puedes evitar pensar en los innumerables marinos que un día se alejaron de un barco por última vez. También, por contraste, sientes la nostalgia del destello luminoso y azul: salitre y pieles jóvenes tostadas bajo el sol, rumor de resaca, olor a humo de hogueras hechas con madera de deriva, sobre la arena húmeda de playas desiertas y rocas labradas por el paciente oleaje. Memoria de otros tiempos. De otros hombres y mujeres. De ti mismo, quizás, cuando también eras otro. Cuando estudiabas el mar con ojos de aventura, en los puertos sólo presentías océanos inmensos e islas a las que nunca llegaban órdenes judiciales de busca y captura, y aún estabas lejos de contemplar el mundo como lo haces hoy: mirando hacia el futuro sin ver más que tu pasado.

En el bar La Marina –reliquia centenaria, sentenciado a muerte por la especulación local–, Rafa, el dueño, asa boquerones y sardinas. A un lado de la barra hay tres hombres que beben vino y fuman, junto a la ventana por la que se ven, a lo lejos, los pesqueros abarloados en el muelle próximo, junto a la lonja. Los tres tienen la misma piel tostada y cuarteada por arrugas como tajos de navaja, el aire rudo y masculino, la mirada gris como la lluvia que cae afuera, las manos ásperas y resecas de agua fría, salitre, sedales, redes y palangres. A uno de ellos se le aprecia un tatuaje en un antebrazo, semioculto por la camisa: una mujer torpemente dibujada, descolorida por el sol y los años. Grabada, supones, cuando una piel tatuada –mar, cárcel, milicia, puterío– todavía significaba algo más que una moda o un capricho. De cuando esa marca en la piel insinuaba una biografía. Una historia singular, turbia a veces, que contar. O que callar.

Sin preguntarte casi, Rafa pone en el mostrador de zinc un plato de boquerones asados, grandes de casi un palmo, y un vaso de vino. «Vaya un tiempo perro», dice resignado. Y tú asientes mientras bebes un sorbo de vino y te llevas a la boca, cogiéndolo con los dedos y procurando no te gotee encima el pringue, un boquerón, que mordisqueas desde la cabeza a la cola hasta dejar limpia la raspa. Y de pronto, ese sabor fuerte a pescado con apenas una gota de aceite, hecho sobre una plancha caliente, la textura de su carne y esa piel churruscada que se desprende entre los dedos que limpias en una servilleta de papel –un ancla impresa junto al nombre del bar– antes de coger el vaso de vino para llevártelo a los labios, dispara ecos de la vieja memoria, sabores y olores vinculados a este mar próximo, hoy fosco y velado de gris: pescados dorándose sobre brasas, barcas varadas en la arena, vino rojizo, velas blancas a lo lejos, en la línea luminosa y azul. Tales imágenes se abren paso como si en tu vida y tus recuerdos alguien hubiera descorrido una cortina, y el paisaje familiar estuviese ahí de nuevo, nítido como siempre. Y comprendes de golpe que la bruma que gotea en tu corazón sólo es un episodio aislado, anécdota mínima en el tiempo infinito de un mar eterno; y que en realidad todo sigue ahí pese al ladrillo, a la estupidez, a la desmemoria, a la barbarie, a la bruma sucia y gris. El sabor de los boquerones y las sardinas que asa Rafa en el bar es idéntico al que conocieron quienes, hace nueve o diez mil años, navegaban ya este mar interior, útero de lo que fuimos y lo que somos. Comerciantes que transportaban vino, aceite, vides, mármol, plomo, plata, palabras y alfabetos. Guerreros que expugnaban ciudades con caballos de madera y luego, si sobrevivían, regresaban a Ítaca bajo un cielo que su lucidez despoblaba de dioses. Antepasados que nacieron, lucharon y murieron asumiendo las reglas aprendidas de este mar sabio e impasible. Por eso, en días como éste, reconforta saber que la vieja patria sigue intacta al otro lado de la lluvia.

Patente de corso
Arturo Pérez-Reverte

Gracias por tanto amor nono Francisco

lunes, 17 de mayo de 2010

Tiempo


Amo el paso del tiempo, me encanta su rastro en los rostros, en las manos y en los objetos. Sus rastros cuentan una historia a quien quiera escuchar. Y dado que pienso y siento que nuestro tiempo en esta existencia es un regalo (por eso el presente se llama presente ;) no me lamento por el tiempo "perdido", y lo bautizo con el nombre de "tiempo de gestación".
Hay momentos para hacer y momentos para sólo ser, lo importante es que nuestro estar coincida con ese tiempo: el tiempo de espera, el tiempo stand by, el tiempo perdido, es tiempo de gestación de ideas, de sueños, de esperanza.
Cada tanto la vida misma nos obliga a parar y tamiza sin nuestro permiso nuestras prioridades. Agradezco esta posibilidad infinitamente, realimenta nuestra capacidad de asombro.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Melita


Carmela bailando con el amor de su vida, Francisco (mis abuelos paternos)

En 11 de noviembre, hace mas de un mes ya, nos despedimos de mi abuela Carmela, mi abuela paterna, Melita para sus 6 nietos.
Hacía ya meses que la soñaba, y me despertaba extrañada, porque quien tiene serios problemas de salud es mi abuelo Francisco...pero ella se fue antes...En mis sueños ella me invitaba a un viaje por una autopista, que partía de Italia, de su pueblo, cruzaba el Atlántico, y culminaba en la cocina de su casa, donde ella abría la puerta y me invitaba a pasar diciendo como siempre "viní que la noni te hace uno tisito" (tradución: "vení que la abuelita te hace un tesito"). Al entrar, ella feliz, me decia "Viste cuánto logramos!!!", refiriéndose a su vida de inmigrante en un país donde todo estaba por hacer.
Y si, lograron mucho, y ahora nos toca honrarlo...sus manos trabajando la masa, sus movimientos en la cocina, su mirada cómplice con las travesuras, incluso inquisidora por momentos ya en la adultez. Todo eso es Melita...el aroma a tuco por la mañana, el bizcochuelo exquisita en la mesada, por si viene visita, los ajíes en vinagre fritos, el abrazo irrompible, aferrado, que te dice "estoy acá, yo te cuido, y soy fuerte como mi abrazo"

"La noni te quiere mucho"
"Yo también te quiero mucho noni"

lunes, 20 de octubre de 2008

A veces, sólo a veces...pinto:)


...y no quiere decir que me quede guauuuu qué pintura! El tema es que lo necesitaba, y suelen salir diseños muy aniñados, infantiles...la verdad que publicarlo implica un gran paso: el de la autoaceptación. Con errores (muchos los noté mientras pintaba, y así quise dejarlos), y con aciertos (la expresión sí es la que quería), así quedó. Para Lau, Marce y Mari. Un abrazo a las tres.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Aquí cerquita nomás

Fotografía "Niños de San Salvador de Jujuy" de Laura Horvat Paisajismo
Sin palabras, nada más que un abrazo comunitario. Sólo un granito de arena puede ayudar. Muy buenas propuestas para comenzar en el blog de Olivita-P.

Aire y tierra

Este jardín silvestre de amapolas, borraja, y otras hierbas, está en la quinta de lo abuelos...se nota que Ali admira profundamente a Claude Monet?:) Ella le llamó "el jardín de Delia", porque cada vez que voy a su quinta me acerco a observar las flores...
Fuimos durante el fin de semana largo, me encantó verlos trabajar con sus palas...
...no faltó el fogón...
...ni el estrecho contacto con la naturaleza...
...siempre buscando algo más de inspiración...

viernes, 10 de octubre de 2008

Alas

Como siempre, recibiendo regalos que aprovecho en mis trabajos...:)
Estas hermosísimas plumas son regalo de Bea, una de mis alumnas (junto con Marina, Rosita, Gabriela, Mariel y Mariana:)

...habiendo fracasado nuestro intento en clase de incluírlas en fieltro (quedaban preciosas, pero se soltaban en medio del trabajo), quise buscar otra forma de utilizarlas en un trabajo...
...las recorté y las adherí con silicona transparente, creando una especie de plancha de plumas...
...la idea era crear los breteles de una prenda en tejido diagonal o telar egipcio. En este caso sería un "falso tejido diagonal", porque en lugar de realizarlo sobre hebras de hilo o lana, sostuve los flecos de un encaje elastizado...
...no se trata de un trabajo difícil, sino de paciencia. Coloqué los flecos a una distancia de 5 mm, y no cubrí toda la superficie de la tela, sino que fui dejando libre las zonas donde pueden verse las rosas. Para el escote usé un hilado de lana (símil pasamanería), traído también por mi papá de Italia...:)
...el hombro terminado quedó así. Lo que pueder verse en el borde son lanas adheridas también con silicona (tengo que mostrarles el paso a paso de esa técnica:)


El trabajo está aún sin terminar, pero quería acercarles el paso intermedio...

...la idea es que quede algo así (desde una de las páginas de mi sketchbook): ...veremos...no podía dejar de mostrarles la contribuciones de mis hijos a mi libro de bocetos...

...inspiran...no?:)